
“El éxodo purépecha”
Por Lázaro Salazar Chávez.
El 20 de Febrero de 1943 hizo erupción por primera vez el que habría de conocerse bajo el nombre de volcán Parícutin, emergió en tierras de don Dionisio Pulido, vecino de la comunidad que lleva el nombre de este mismo volcán. Los pueblos oriundos de esta región decían “era una montaña que arrojaba fuego, cenizas, piedra y un arroyo de lava”. El grandioso fenómeno natural, atrajo primeramente la atención de los vecinos asombrados, de los campesinos locales de Zirosto, Parícutin (San Salvador Combutzio) y Angahuan y paulatinamente de extraños de otros lugares, turistas de Guadalajara, Querétaro y de la Ciudad de México, pero pronto llegaron visitantes de otros lugares, cineastas, científicos extranjeros, “mineralogistas” y geólogos como William Foshag y Genaro González, con sus instrumentos y sus cámaras, además hubo dos personas que pronto se ocuparon de escribir acerca del volcán, Pedro Carrasco y José Revueltas, el primero ocupándose exclusivamente del aspecto social y de la religiosidad del pueblo purépecha, el segundo con su crónica periodística.
Las evidencias recogidas a través de los testimonios sugieren que la fisura se abrió por la tarde el 20 de febrero aproximadamente entre las 16:00 hrs y 17:00 hrs. De acuerdo a Paula Pulido, inmediatamente después se dio lugar a la emanación de gases de olor a azufre y una pequeña columna eruptiva con una sucesiva acumulación de material de 30 centímetros de diámetro.
Durante el proceso de erupción, se produjo que en menos de diez días la fauna silvestre prácticamente desapareciera. Del mismo modo murieron en pocos días 4500 cabezas de ganado y 550 caballos. Las poblaciones de Parícutin, San Juán Parangaricutiro, Zirosto, Zacán y Angahuan se vieron directamente afectadas; de manera que se produjo el éxodo de más de 2500 personas incluyendo las poblaciones completas de Parícutin y San Juan Parangaricutiro y parcialmente la población de Zirosto. A pesar de que no se registraron muertos por la catástrofe, si existieron muertos por problemas de salud indirectos (infartos y vías respiratorias) y muchos otros por problemas de reubicación y litigios causados por la pérdida e imprecisión de límites de propiedad.
La tierra, la principal fuente de ingresos en Parícutin pronto quedó destruida y a pesar de las predicciones conservadoras de los geólogos de una reducida destrucción, la naturaleza del volcán fue mas y mas abrupta y violenta, empeorando la situación con erupciones persistentes, los caminos que interconectaban a estos pueblos, las tierras de cultivo así como las de pastoreo y los afluentes de agua quedaron sepultadas por el rio de lava. Finalmente los geólogos recomendaron a las
autoridades locales como al presidente municipal de San Juan Parangaricutiro (San Juan de la Colchas) una pronta y organizada evacuación del pueblo de Parícutin.
El éxodo comenzó el 15 de junio de 1943, con la primera movilización de los habitantes que rodeaban al cono volcánico hecha a petición de las autoridades estatales y federales encabezadas por el Gobernador Félix Ireta Viveros, por el presidente de la republica el Gral. Manuel Ávila Camacho y por el Secretario de Guerra el Gral. Lázaro Cárdenas del Río. Finalmente decidieron efectuar el traslado de los pobladores de la comunidad de Parícutin a un terreno llamado Caltzontzin (Antiguamente una hacienda propiedad de Don Julio Murguía expropiada por el Gral. Cárdenas, además de los terrenos cedidos por los Ejidos de San Francisco Uruapan y Toreo el Bajo) que quedaba a 5 kilómetros al este de la ciudad de Uruapan y que se hallaba a una altitud de 1524 metros sobre el nivel del mar. Dichos terrenos fueron adquiridos oficialmente por el gobierno del estado siete meses después, en enero de 1944, por la cantidad de cien mil pesos y fueron cedidos a los inmigrados en calidad de ejidos.
El desplazamiento de los habitantes de Parícutin no fue fácil, los ancianos sobre todo eran los que mas se resistía a abandonar sus tierras, fue la gente joven la que les convención de que aquellas tierras ya no se podrían trabajar y habría que buscar el sustento en otra parte.
El ejército fue el comisionado por el gobierno para el traslado de los habitantes, el pueblo fue prácticamente desmantelado pues las trojes fueron desmontadas y llevadas a Caltzontzin, los animales, los instrumentos de trabajo y las imágenes religiosas de la pequeña capilla. Solo las casas de adobe fueron las que permanecieron ahí durante el desastre, la despedida del lugar la compartieron tristemente los pobladores de Parícutin y San Juan Parangaricutiro y se expresó en un sentimiento como cuando uno deja atrás el hogar paterno. Desde entonces Parícutin pasó a ser Catzontzin y pasó a formar parte del municipio de Uruapan. Ahora con el crecimiento de la ciudad se ha ido incorporando como un barrio mas de del área conurbada del municipio.
Por otra parte el pueblo de San Juan Parangaricutiro asumió en forma estoica la desgracia producida por el embate de la furiosa naturaleza, muchos hombres no se habían dado por vencidos y siguieron sembrando sus tierras en las arenas del volcán que habían cubierto los campos de cultivo, esperando poder cosechar algo al fin de año, lamentablemente el desconsuelo creció, cuando la temporada de lluvias acentuó los daños, la arena arrastrada por las aguas fluviales bloqueaban cauces, canales y tuberías de agua potable, mató un importante número de cabezas de ganado vacuno y caballar por ingerir grandes cantidades de arena, además de la irremediable destrucción de las instalaciones de energía eléctrica.
En esos críticos momentos llegaría a Parangaricutiro el sustituto del padre José Caballero un párroco que ejerció su ministerio por 10 años, pero estaba envejecido y atemorizado por las circunstancias, así que decidió trasladarse a otra comunidad, siendo sustituido por un joven sacerdote de nombre Javier Hernández proveniente del pueblo de Charapan y con las instrucciones de la diócesis de Zamora de colaborar con las autoridades municipales y ver la posibilidad del traslado del pueblo a nuevas tierras.
Este sacerdote protagonizaría uno de los conflictos que mas tarde le daría mayor solidez a la identidad y a la memoria histórica de los habitantes nativos de Parangaricutiro, el traslado de las imágenes religiosas y del sagrado Cristo de los Milagros en un peregrinaje tortuoso que primero sería conducido a la comunidad de Corupo, inclusive a costa de la resistencia de algunos pobladores que permanecieron y se negaban a partir. Lamentablemente en Corupo no existían las condiciones para sostener a la población inmigrante y decidió regresar a su lugar de origen. Posteriormente el padre Hernández a través de sus gestiones y sirviendo como intermediario del pueblo frente al Departamento de Asuntos Agrarios logro la adquisición de un terreno cerca de Ario de Rosales. Pero con este segundo traslado volvieron a surgir conflictos entre los sanjuanenses muy pocos emigraron por cuenta propia, pero el 80% de los habitantes de Zirosto, otro pueblo afectado por la constante lluvia de ceniza si lo hizo, mientras que los nativos de San Juan Parangaricutiro no aceptaban ser movidos a esta región de la tierra caliente y se mantuvieron firmes en la creencia de que la bondad del Cristo los salvaría.
Hubo muchos pueblos de la meseta purépecha, como Paracho, Cherán, Aranza, Capacuaro, Chilchota, Pichataro, Quinceo, Nahuatzen y Patamban, que enviaron comisiones a Parangaricutiro, con el fin de ofrecerles lugar en sus pueblos a los Sanjuanenses, esta posibilidad nunca fue aceptada pues implicaba la total dispersión de los habitantes puesto que ninguno de los pueblos podía absorber la población total de Parangaricutiro.
En Marzo de 1944 se convocó a una asamblea de emergencia en donde figuraron funcionarios de diferente nivel como el ingeniero Ezequiel Ordoñez, el Gral. Lázaro Cárdenas y varios sacerdotes, haciéndose pública la advertencia de que la lava constituía una latente amenaza en crecimiento y se le exigió salir al pueblo, a fines de Abril de 1944 la lava ya tenía 10 metros de altura, finalmente se logro el consenso y la resolución de salir, el traslado comenzó a finales del mes de Junio, de igual manera el ejercito se encargó de la transportación al nuevo asentamiento ubicado en lo que fuera la antigua Hacienda de “los Conejos” propiedad de Don Enrique Magaña, quien vendiera por una simbólica cantidad de dinero su terreno al gobierno federal y darle albergue definitivo a los Sanjuanenses. Dicho predio se hallaba a 12 Kilómetros al
suroeste de Uruapan. En su camino a los Conejos el Cristo fue solicitado para que se quedara primero en Angahuan y luego en Uruapan, donde se le esperaba con una engalanada recepción de los feligreses de la perla del Cupatitzio, pero después de breves recesos de descanso volvieron a partir con dirección a la tierra nueva asignada. Junto a los Conejos, también se les cedieron a los Sanjuanenses algunas tierras de Zindio, Milpillas y Arandín y el hermoso manantial que abastecía de agua a la exhacienda de “Los Conejos”.
El nuevo asentamiento fue denominado Nuevo San Juan Parangaricutiro y ante su precaria situación inicial, los habitantes comenzaron los trabajos de construcción de la Iglesia, la escuela, de potreros para el ganado y de la preparación de las tierras para el cultivo. Por otra parte entre los Sanjuanenses hubo una molestia enconada contra la organización político-religiosa del Sinarquismo, que no volteó a respaldar a un pueblo tan fervorosamente católico, en contra parte se sintieron mas agradecidos de personas de las cuales recibieron más apoyo de la cual nunca lo esperaban, como del Gral. Cárdenas que por mucho tiempo como gobernador y como presidente de la republica había proclamado abiertamente su anticlericalismo, pero su solidaridad con el pueblo michoacano siempre estuvo presente en forma desinteresada y sin sesgos partidarios y en esta ocasión no fue la excepción.
Por último una migración mas le esperaba a este pueblo, la mayor parte de los hombre comenzaron a partir hacia los Estados Unidos con la ayuda de Victoriano Anguiano quien los había incluido en el programa bracero.
En Uruapan, la comunidad de Caltzontzin es un testimonio vivo de la memoria histórica para los ciudadanos de Uruapan al conservar con vida aun a muchos de los primeros inmigrantes de Parícutin (San Salvador Combutzio) y que debemos de sobrevalorar por sus experiencias vividas tras la erupción del Volcán, ellos son Doña Luisa Campoverde, Don Fortino Santiago, Don Justo Cervantes, Don Felipe Chávez Cervantes y Doña Fortunata Pulido. Además de Cecilio Toral Cervantes, Esteban Rangel Rangel, Rubén Santiago López, Agustín Padilla Cervantes, Acian Pérez Cervantes y Marcelino Isidro, hoy día sobreviven 83 personas en Caltzontzin de miles que llegaron a este lugar.